A orillas de un rio, caminaba un monje tibetano, tenía mucha hambre, se encontró con un pescador cocinando una sopa de pescado.
El monje, sin mediar palabras, bebió de un solo sorbo toda la sopa. El pescador al verlo se puso triste, lloró amargamente. El monje al notarlo se sintió muy apenado y le dijo:
—No se preocupe, le pagaré la sopa y algo más.
El pescador al escucharlo, se limpio la garganta y se apresuró a explicarle.
—No, no es eso, no quiero su dinero. Pasa que mi mujer me acaba de abandonar porque le molesta mi hedor a pescado, mis amigos no me hablan por lo mismo, ni siquiera mi familia me acepta, solo por la peste a pescado.
—Amigo todo tiene solución, ya verás que pronto resolverá esos problemitas que son pequeñeces.
—Pero eso no es todo, lo peor es después de todo este sufrimiento, viene usted y se toma mi veneno, ¿Acaso no puedo morir tranquilo?
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