Había un Discípulo que viajaba ciudades por ciudades, solo buscando al intrépido maestro que pudiera enseñarle algunos trucos del kung fu. Pero el discípulo era tan ciego, que lo tuvo siempre a su lado, pero nunca se dio cuenta. Siempre lo pasaba desapercibido, el maestro lo aconsejaba y lo guiaba, pero nunca notó que el maestro estaba frente a sus narices, hasta que llegó el día en que por fin supo quién era el maestro, pero éste no volvió aparecer.

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